Miskitu y Mayagnas, cosechan arroz después de los huracanes ETA y IOTA

La posición geográfica de la Costa Caribe de Nicaragua la hace susceptible a las tormentas y huracanes. Esta latitud tropical favorece la formación de grandes masas nubosas, procedente del océano Atlántico, que al encontrarse con tierra firme precipitan su enorme carga de agua en forma de lluvia. Cuando estas masas de aire y nubes son muy grandes e incrementan su velocidad forman huracanes.  Los cambios del clima que experimenta el planeta aumentan cada vez más variaciones en las condiciones de los océanos y es lo que hizo que en noviembre 2020 se formaran dos huracanes. Primero, el huracán Eta que el 3 de noviembre tocó tierra en la costa noreste de Nicaragua como un huracán de categoría 4, se movió lentamente a través de la parte norte del país y hacia el este de Honduras.  Durante su paso, el huracán Eta se degradó a tormenta tropical y luego a depresión tropical. Este huracán provocó 600 mm de lluvia en el pico de la tormenta y velocidades máximas del viento de hasta 235 km/h (Cunningham, et al, 2020).[1]

El 17 de noviembre, a solo catorce días después del paso del huracán Eta, llegó casi en la misma dirección el huracán IOTA, el cual fue catalogado de “catastrófico” y “extremadamente peligroso”. Tocó tierra cerca del poblado de Haulover, unos 45 kilómetros al sur de Puerto Cabezas, con vientos sostenidos de hasta 250 kilómetros por hora. La fuerza del ciclón provocó inundaciones, destruyó el tendido eléctrico y miles de viviendas fueron afectadas. Iota tocó tierra en Nicaragua con categoría 4 en la escala Saffir Simpson. El huracán trajo marejadas ciclónicas potencialmente mortales, fuertes vientos e inundaciones repentinas que provocaron deslizamientos de tierra. En algunos sitios la precipitación alcanzo hasta 750 mm. Las inundaciones y los deslizamientos de tierra se vieron agravados por las condiciones que había dejado del huracán Eta, las cuales se vieron prolongadas ya que ambos huracanes azotaron prácticamente la misma zona (Cunningham, et al, 2020).

Unas 160.000 personas tuvieron que buscar refugio en albergues, de ellos, 40.000 solo en el municipio de Puerto Cabezas. Las comunidades más afectadas fueron Miskitu y Mayangnas, fuerte destrucción de viviendas tuvo lugar en Wawa Bar, Halower, Karata, Kligna, Walpasixa, Kukalay. Las comunidades de Sukatpin y Lapan sufrieron destrucciones parciales. Unas 60 comunidades a lo largo del Rio Prinzapolka y las comunidades en el territorio Mayangna Sauni As sufrieron serios daños provocados por las inundaciones.  En el Municipio de Waspam 115 comunidades se vieran afectadas por la inundación más grande de los últimos años. En Waspam, Kum, Tuskru Tara, Waslala y en la comunidad de Irlaya de Honduras cuyos pobladores fueron trasladados a Nicaragua hubo más de 12,000 evacuados que no podían regresar debido a las inundaciones. En la ciudad de Bilwi, se registraron más de 20,000 evacuados. El 60% de sus viviendas han sido total o parcialmente destruidas (Cunningham, et al, 2020).

Para las comunidades, los huracanes además de afectar a los humanos, también afectaron los bosques, los animales, las fuentes de agua, la tierra, y a todos los otros seres vivientes que junto a indígenas comparten el mismo territorio.  Las actividades cotidianas se vieron interrumpidas como también la pesca, la caza y la agricultura. Dos meses antes del primer huracán, los comunitarios habían recogido su cosecha de arroz, la habían secado y almacenado.  Sin embargo, con el poder destructivo de los huracanes, la producción en campo y lo cosechado fue destruido agravando la situación de inseguridad alimentaria que sufren muchas familias por la invasión de colonos y por la extracción de recursos naturales como oro y madera que tiene lugar en Territorios como Twi Yahba, particularmente en comunidades como Butku, Sagnilaya, Iltara entre otras.  El daño provocado por los huracanes generó dolor, angustia, preocupación e incertidumbre en las familias y líderes comunitarios.  Si bien, muchos pudieron recibir apoyo momentáneo en comida, ropa y materiales para reparar sus casas, la preocupación era como asegurar la comida desde sus parcelas para el resto del año, dada la destrucción que enfrentaban.

 En ese sentido, lideres comunales y religiosos en conjunto con miembros de las cajas comunitarias solicitaron apoyo a Nitlapan y BICU para obtener semilla de arroz para cultivar.  Esta solicitud fue atendida con el apoyo de la Fundación Inter-Americana (IAF) y el aporte gestionado por Fundación USOS-Bélgica.  Con la gestión del apoyo se plantearon tres objetivos: promover la seguridad alimentaria, facilitar semilla de arroz para cultivar las parcelas y apoyar con capacitación, seguimiento y asistencia técnica para producir y mejorar el rendimiento productivo.  Para lograr estos objetivos se trabajó en alianza con la Asociación Palabra y Hecho de Nicaragua quien estuvo a cargo de buscar la semilla y conjuntamente con el equipo de Nitlapan-Bilwi y BICU se entregó la semilla y se facilitó asistencia técnica.

De esta experiencia de trabajo colaborativo para apoyar el cultivo de arroz en las familias trata este reporte.

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